Tras la trágica muerte de un vecino en Colón, las redes sociales reflejan la desesperación de las familias frente a las adicciones
Una noticia que nos golpea de cerca y nos obliga a frenar de golpe. El personal policial de la EPSC Colón acudió a un llamado en la calle 14, entre 58 y 59. En el patio trasero de una vivienda, familiares encontraron el cuerpo sin vida de un hombre de 38 años. Minutos después, una ambulancia del SAME constató el deceso de la persona, presentando aparentes signos de sobredosis. Según el relato de testigos, el vecino llevaba varias horas en un severo “estado de exaltación”. La causa quedó caratulada inicialmente como “Averiguación causales de muerte”.
Detrás de este expediente policial no hay solo un número; hay una persona con nombre y apellido, una familia rota y una historia de sufrimiento silencioso que comenzó muchísimo antes de este desenlace. Como sociedad, no podemos seguir cometiendo el error de hablar de adicciones únicamente cuando la tragedia ya es irreversible. Tenemos que preguntarnos, con urgencia y honestidad, qué estamos haciendo antes de que alguien llegue al límite.
La voz de los vecinos:
El reflejo de este drama se trasladó de inmediato a las redes sociales, donde el debate local expuso una realidad desbordada. Lejos de la indiferencia, los comentarios de los vecinos de Colón se transformaron en un diagnóstico alarmante sobre la falta de herramientas institucionales y el crecimiento del narcotráfico en los barrios:
Ocho años golpeando puertas en vano: Una vecina relató el calvario de llevar casi una década intentando salvar a un familiar. Describió “manoseos”, falsas empatías por parte de funcionarios y un abandono absoluto tanto del área de salud como de la justicia. Su dolor resume lo que sienten muchos: las respuestas llegan obligadas cuando ya no hay nada que hacer.
El miedo a denunciar y la venta a plena luz del día: Otro testimonio remarcó que la droga “se vende como pan caliente y con total libertad”. Mencionó que muchas familias callan por vergüenza, miedo o negación, mientras ven cómo los jóvenes roban para comprar y los transas se mueven como “hormigas” a cualquier hora en las esquinas.
El reproche de la inacción: En contraposición, algunos usuarios cruzaron a quienes opinan en redes interpelándolos: “Si ven y saben quién vende, ¿por qué no denuncian?”, abriendo el debate sobre el rol de los ciudadanos, aunque chocando directamente con el temor a las represalias.
Una enfermedad que no discrimina: Se insistió firmemente en que la adicción es una enfermedad y que los tratamientos de recuperación son extremadamente costosos. Se remarcó que es imprescindible el apoyo, la contención y dejar de juzgar “desde afuera” sin conocer el sufrimiento diario de todo el entorno familiar.
La falta de un centro de rehabilitación local: Finalmente, varios vecinos coincidieron en que Colón dejó de ser un “pueblo de paso” para convertirse en un destino instalado del narcotráfico. Exigieron la creación urgente de un centro de rehabilitación interdisciplinario local, denunciando el recorte en el presupuesto de Salud Mental a nivel nacional (donde se asigna apenas el 3% en lugar del 10% que correspondería).
Dejar de contar muertes y empezar a actuar
¿Dónde acude una familia de Colón hoy cuando descubre que uno de los suyos está atrapado en el consumo? ¿Hay lugares realmente accesibles, gratuitos y con personal preparado? ¿Se está haciendo prevención real en las escuelas secundarias de la ciudad? ¿Se investiga en serio a quienes lucran destruyendo vidas o las denuncias anónimas caen en saco roto?
El adicto es una persona que necesita ayuda, límites, tratamiento y acompañamiento terapéutico. No nos sirve señalar con el dedo a una familia destruida después de un entierro, ni repetir la frase “todos saben quién vende” si las instituciones cierran los ojos. Una comunidad sana no espera a contar muertes para empezar a ocuparse. Ojalá esta tragedia nos despierte de una vez por todas y nos mueva a exigir respuestas concretas: prevención, presupuesto, tratamiento y justicia.
