Los mensajes de amenazas de tiroteo en varias escuelas a lo largo de todo el país provocaron la intensificación de los operativos de seguridad durante las últimas horas, con el objetivo de determinar si se trata de un incidente real o un reto viral que se extendió por TikTok.
También llegó a nuestra ciudad cuando, alrededor de las 14:30 en la Escuela Técnica un alumno encontró una pintada amenazante en el baño.
Lo que empezó como una sucesión de mensajes inquietantes en distintas escuelas del país ya dejó de ser un hecho aislado para transformarse en un fenómeno que interpela de lleno a la sociedad. Las amenazas de tiroteo —reales o no— generan un impacto inmediato: miedo, interrupción de la vida escolar y una comunidad en estado de alerta. Pero lo más preocupante es lo que hay detrás.
En Colón, el episodio en la Escuela Técnica encendió todas las alarmas. Una pintada en un baño bastó para activar protocolos, movilizar a la policía y derivar en allanamientos. La aparición de un rifle de aire comprimido en uno de los domicilios suma un elemento inquietante, aunque será la Justicia la que determine responsabilidades. Sin embargo, más allá de lo judicial, el mensaje es claro: ya no se trata de una simple “broma”.
Lo que se replica en Córdoba, Pergamino, San Nicolás y otras localidades muestra un patrón. Mensajes similares, modalidades repetidas y un contexto digital que funciona como amplificador. La hipótesis de un “reto viral” no es menor. Redes como TikTok pueden convertir una conducta marginal en tendencia en cuestión de horas. Lo que antes quedaba en el ámbito de una escuela, hoy se multiplica sin control.
Pero reducir el problema a una moda viral sería simplificarlo demasiado. La referencia a comunidades como la “True Crime Community” abre una puerta más incómoda: la fascinación de algunos jóvenes por la violencia extrema. No es nuevo, pero sí más accesible, más compartido y, sobre todo, más naturalizado. Cuando el horror se consume como contenido, el límite entre la curiosidad y la imitación se vuelve difuso.
Aquí es donde la discusión debe correrse de lo inmediato a lo estructural. La respuesta policial es necesaria —y en este caso, correcta—, pero llega después. El desafío es previo: entender qué está pasando con adolescentes que no solo replican amenazas, sino que encuentran en ellas una forma de expresión o pertenencia.
También hay una responsabilidad adulta que no puede eludirse. Familias, escuelas y el propio Estado enfrentan una realidad para la que muchas veces no están preparados. El mundo digital avanza más rápido que la capacidad de contención y de control. Y en ese vacío, crecen estos fenómenos.
Decir que “no pasa nada” sería irresponsable. Pero sobredimensionar cada episodio como si fuera un hecho consumado también puede generar más miedo que soluciones. El equilibrio es difícil, pero necesario: actuar con firmeza, sin perder de vista que detrás de estos hechos hay menores en proceso de formación.
Lo que está en juego no es solo la seguridad en las escuelas, sino el modo en que una generación se vincula con la violencia. Y ese es un problema mucho más profundo que cualquier pintada en una pared.
